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lunes, 3 de enero de 2011

La Verdad

Desde la antigüedad, la verdad nos había sido mostrada como un absoluto.

Sin embargo, en estos tiempos y bajo la influencia de ciertas corrientes, se insiste en que la verdad es sólo relativa. Un vaso de agua medio lleno o medio vacío, según se vea.

No obstante, los absolutos existen contraponiéndose unos a otros con radicales diferencias, siendo lo que media entre ellos únicamente un estado que no permite discernir con claridad lo verdadero de lo falso, de interdicción, de indeterminación, de incertidumbre, y por lo tanto de conflicto.

¿Quién puede decirse poseedor de la verdad en tal situación? Todos y ninguno, porque el conflicto es, precisamente eso, la manifestación de la falta de consenso sobre lo que es y lo que no es.

Y del conflicto surgirá, necesariamente, el orden. El orden que puede representar un equilibrio entre absolutos, o bien, un valor compuesto por porciones de aquellos absolutos contrapuestos.

En ese sentido, la verdad sigue siendo un absoluto, porque de otra forma se hablaría de una verdad consensual. Esa verdad que de suyo no lo es, porque la misma no puede ser producto del consenso. La verdad existe por sí misma, en forma independiente a nosotros.

La verdad y el ideal de la verdad son dos posiciones que suelen estar en conflicto. La verdad existe y se manifiesta en el mundo material, el ideal de la verdad es sólo una idea y surge en nuestro pensamiento como una posible y deseable realización de la verdad.

De tal forma, dado que la verdad es sólo una, eterna, inmóvil, cuyo valor radica en su propia existencia, ésta se presenta ante nosotros como algo inentendible, y por ende, humanamente irrealizable. Por lo tanto, en realidad aquello que generalmente aceptamos como verdad es únicamente la representación de diversas interpretaciones consensuales, efímeras, cambiantes y válidas por cuanto son aplicables a un momento o circunstancia determinados, y que rigen para un propósito establecido.

Estas interpretaciones impuras o inexactas de la verdad, son las que generan la creencia errónea de que la verdad es relativa, lo cual nos conduce necesariamente al conflicto ya mencionado.

Las falsas verdades pueden, como ya se dijo, surgir del consenso, aunque también pueden ser impuestas. La historia nos proporciona un sinnúmero de ejemplos en los que podemos constatarlo.