Durante las últimas semanas se ha venido desarrollando un movimiento mediático que intenta promover entre la ciudadanía una figura que algunos han mal denominado “voto en blanco”. Y digo mal denominado porque éste término ha causado mucha confusión entre el electorado, al que no le queda claro qué es exactamente lo que se le pide que haga a través de esa campaña.
Por lo tanto, si usted amable lector no tiene inconveniente, dedicaré este espacio a tratar de explicar el fenómeno desde mi muy particular punto de vista.
Por principio de cuentas, habrá que definir qué es lo que se intenta dar a entender por “voto en blanco”. Para ello, debemos distinguir, por un lado, los conceptos voto en blanco y boleta en blanco; y por otro lado, lo que se refiere a voto de castigo, voto nulo y abstención del voto.
El concepto a que se refiere la mencionada campaña del “voto en blanco” hace alusión al acto de cruzar la boleta electoral en su totalidad, y en el caso específico, dibujar un círculo en la misma que abarque todas las opciones posibles. Éste fenómeno no es nuevo y de hecho existen otros países que lo están practicando.
Por ejemplo, en Colombia el voto en blanco es una opción legalmente reconocida, y la papeleta (boleta) electoral contempla un apartado específico para la emisión del “voto en blanco”. Sin embargo, el mismo no surte ningún efecto legal.
En España, se ha convertido en todo un movimiento ciudadano, llegando incluso a constituirse como partido político (Ciudadanos en Blanco) cuya finalidad es conseguir que el parlamento promulgue una ley mediante la cual se reconozcan y contabilicen los votos en blanco emitidos durante una elección. Los ciudadanos que se postulen como candidatos por este partido, se comprometen por escrito a que en caso de ganar un escaño no percibirán el sueldo correspondiente (el cual deberá ser devuelto) y únicamente ocuparán su curul para proponer y votar dicha ley. Una vez conseguido su objetivo, el partido se disolverá.
En México, este tipo de voto tendría como efecto jurídico la anulación del mismo, y por lo tanto no formaría parte de los votos válidos, sino de los votos nulos, pues se comprende que la intención del ciudadano es manifestar su inconformidad hacia los partidos políticos o sus candidatos.
El voto nulo, como su nombre lo indica y para decirlo en modo coloquial, es aquél que “se cuenta pero no cuenta”. Más específico, el voto nulo es el que carece de validez por no cumplir con los requisitos legalmente establecidos, y por lo tanto no se considera a favor de partido o candidato alguno, pero sí se considera dentro del total de la votación emitida y forma parte de las estadísticas oficiales.
Ahora bien, cosa muy diferente al voto en blanco es depositar la boleta dentro de la urna sin haber marcado previamente ninguna opción, lo que verdaderamente equivaldría a entregar un cheque en blanco. Si algún ciudadano inconforme pretende demostrarlo de esta forma, lo único que logrará será despertar la codicia de alguien por apropiarse de ese voto, puesto que nadie puede asegurarnos que la boleta permanecerá tal cual fue depositada. Lamentablemente, siempre existe la probabilidad de que el mismo se destine al candidato “Y” o al partido “Z”.
Llevar a cabo un acto de esta naturaleza no sólo sería inocente sino irresponsable, ya que nunca debe entregarse una boleta sin que haya sido utilizada. Cuidado con esto.
Por voto de castigo se entiende la decisión de los que votan fundamentalmente para mostrar su desagrado con la situación presente. Es decir, la evaluación de la actividad gubernamental hace que el elector determine el sentido de su voto. Se identifica como una especie de premio o sanción al desempeño de los partidos y representantes populares, según el elector perciba que ésta le ha favorecido o perjudicado.
El abstencionismo, en términos generales, se define como la no participación de los ciudadanos en los diferentes eventos de la vida política de un país; se puede manifestar de manera muy concreta cuando no ejercemos nuestro derecho ni cumplimos con la obligación cívica de votar en los procesos electorales, o bien mediante una actitud pasiva y apática ante los diferentes actos y actividades políticos. De hecho, puede considerarse al abstencionismo como uno de los indicadores más simples de la participación política.
Una variante es el abstencionismo “cívico”, que ocurre cuando el elector deposita en la urna la boleta anulada (voto en blanco) y no contribuye al éxito de una elección. Algunos han denominado a esta forma de abstencionismo como “activo”, para diferenciarlo de aquél que se manifiesta a través del no ejercicio del voto o abstencionismo “pasivo”.
Sobre el abstencionismo, también debe considerarse que dicho fenómeno no es el igual en todos los procesos electorales. En algunos países como los Estados Unidos y México, el nivel de las elecciones es un factor que determina el mayor o menor índice de abstención, ya que en las de nivel presidencial acude un mayor número de votantes a las urnas, lo cual también se explica por su mayor difusión en los medios masivos; además influye el grado de competitividad de las elecciones y el grado de confianza en sus resultados, así como el interés que las campañas hayan despertado en el elector, es decir, qué tan buenas sean las propuestas y atractivas las imágenes de los candidatos, entre otros factores.
Además, el abstencionismo puede ser una variable a manejar por los partidos en competencia, ya sea provocándolo o combatiéndolo según les favorezca o les perjudique en su búsqueda de votos.
Algunas estrategias pretenden restar votos a los opositores fomentando el abstencionismo mediante su descrédito o un ambiente de violencia, de modo que sus seguidores por desilusión o temor no acudan a las urnas. Otros candidatos pretenden aumentar su votación movilizando a los abstencionistas, cuando carecen de una base importante de electores favorables y se prevé una votación muy baja; sin embargo, esta maniobra puede ser efectiva únicamente si se tiene la certeza de que los abstencionistas votarán a favor de ese candidato, de lo contrario, sólo conseguirá incrementar la votación a favor de sus oponentes.
En mi opinión, cualquiera de las anteriores son manifestaciones válidas de la voluntad ciudadana, de la misma naturaleza, y por lo tanto, desde ésta particular perspectiva, su valor y trascendencia son iguales a las del voto activo. Por ende, todas ellas en su aspecto positivo son coadyuvantes en el fortalecimiento de la democracia, siempre y cuando se utilicen oportunamente. No obstante, para saber reconocer el momento idóneo en que debe ser ejercitada una u otra opción deben confluir diversos factores, algunos de los cuales pasarán desapercibidos para el elector promedio, entre otras causas, por la falta de una verdadera cultura democrática.
Por otra parte, y considerando que son creaciones humanas, estas figuras poseen un carácter dicotómico (positivo/negativo), y en consecuencia, podemos observar otros fenómenos íntimamente relacionados con el libre ejercicio del sufragio, tales como la gobernabilidad o la representatividad. Y aunque me parece que está por demás mencionar que ambos conceptos atraviesan desde hace tiempo por una profunda crisis, sí vale la pena recordar que ésta ha sido motivada principalmente por la falta de credibilidad y la desconfianza ciudadana hacia nuestras instituciones y gobernantes como resultado de su actuación a lo largo de la historia.
Así pues, corresponde a cada uno de nosotros, desde nuestra propia realidad y de manera personalísima, decidir cuál será la mejor forma de afrontar tan alta responsabilidad cívica: ¿ser o no ser parte de la democracia?
Sugerencias y comentarios: j_arturo_vargas@hotmail.com
Por lo tanto, si usted amable lector no tiene inconveniente, dedicaré este espacio a tratar de explicar el fenómeno desde mi muy particular punto de vista.
Por principio de cuentas, habrá que definir qué es lo que se intenta dar a entender por “voto en blanco”. Para ello, debemos distinguir, por un lado, los conceptos voto en blanco y boleta en blanco; y por otro lado, lo que se refiere a voto de castigo, voto nulo y abstención del voto.
El concepto a que se refiere la mencionada campaña del “voto en blanco” hace alusión al acto de cruzar la boleta electoral en su totalidad, y en el caso específico, dibujar un círculo en la misma que abarque todas las opciones posibles. Éste fenómeno no es nuevo y de hecho existen otros países que lo están practicando.
Por ejemplo, en Colombia el voto en blanco es una opción legalmente reconocida, y la papeleta (boleta) electoral contempla un apartado específico para la emisión del “voto en blanco”. Sin embargo, el mismo no surte ningún efecto legal.
En España, se ha convertido en todo un movimiento ciudadano, llegando incluso a constituirse como partido político (Ciudadanos en Blanco) cuya finalidad es conseguir que el parlamento promulgue una ley mediante la cual se reconozcan y contabilicen los votos en blanco emitidos durante una elección. Los ciudadanos que se postulen como candidatos por este partido, se comprometen por escrito a que en caso de ganar un escaño no percibirán el sueldo correspondiente (el cual deberá ser devuelto) y únicamente ocuparán su curul para proponer y votar dicha ley. Una vez conseguido su objetivo, el partido se disolverá.
En México, este tipo de voto tendría como efecto jurídico la anulación del mismo, y por lo tanto no formaría parte de los votos válidos, sino de los votos nulos, pues se comprende que la intención del ciudadano es manifestar su inconformidad hacia los partidos políticos o sus candidatos.
El voto nulo, como su nombre lo indica y para decirlo en modo coloquial, es aquél que “se cuenta pero no cuenta”. Más específico, el voto nulo es el que carece de validez por no cumplir con los requisitos legalmente establecidos, y por lo tanto no se considera a favor de partido o candidato alguno, pero sí se considera dentro del total de la votación emitida y forma parte de las estadísticas oficiales.
Ahora bien, cosa muy diferente al voto en blanco es depositar la boleta dentro de la urna sin haber marcado previamente ninguna opción, lo que verdaderamente equivaldría a entregar un cheque en blanco. Si algún ciudadano inconforme pretende demostrarlo de esta forma, lo único que logrará será despertar la codicia de alguien por apropiarse de ese voto, puesto que nadie puede asegurarnos que la boleta permanecerá tal cual fue depositada. Lamentablemente, siempre existe la probabilidad de que el mismo se destine al candidato “Y” o al partido “Z”.
Llevar a cabo un acto de esta naturaleza no sólo sería inocente sino irresponsable, ya que nunca debe entregarse una boleta sin que haya sido utilizada. Cuidado con esto.
Por voto de castigo se entiende la decisión de los que votan fundamentalmente para mostrar su desagrado con la situación presente. Es decir, la evaluación de la actividad gubernamental hace que el elector determine el sentido de su voto. Se identifica como una especie de premio o sanción al desempeño de los partidos y representantes populares, según el elector perciba que ésta le ha favorecido o perjudicado.
El abstencionismo, en términos generales, se define como la no participación de los ciudadanos en los diferentes eventos de la vida política de un país; se puede manifestar de manera muy concreta cuando no ejercemos nuestro derecho ni cumplimos con la obligación cívica de votar en los procesos electorales, o bien mediante una actitud pasiva y apática ante los diferentes actos y actividades políticos. De hecho, puede considerarse al abstencionismo como uno de los indicadores más simples de la participación política.
Una variante es el abstencionismo “cívico”, que ocurre cuando el elector deposita en la urna la boleta anulada (voto en blanco) y no contribuye al éxito de una elección. Algunos han denominado a esta forma de abstencionismo como “activo”, para diferenciarlo de aquél que se manifiesta a través del no ejercicio del voto o abstencionismo “pasivo”.
Sobre el abstencionismo, también debe considerarse que dicho fenómeno no es el igual en todos los procesos electorales. En algunos países como los Estados Unidos y México, el nivel de las elecciones es un factor que determina el mayor o menor índice de abstención, ya que en las de nivel presidencial acude un mayor número de votantes a las urnas, lo cual también se explica por su mayor difusión en los medios masivos; además influye el grado de competitividad de las elecciones y el grado de confianza en sus resultados, así como el interés que las campañas hayan despertado en el elector, es decir, qué tan buenas sean las propuestas y atractivas las imágenes de los candidatos, entre otros factores.
Además, el abstencionismo puede ser una variable a manejar por los partidos en competencia, ya sea provocándolo o combatiéndolo según les favorezca o les perjudique en su búsqueda de votos.
Algunas estrategias pretenden restar votos a los opositores fomentando el abstencionismo mediante su descrédito o un ambiente de violencia, de modo que sus seguidores por desilusión o temor no acudan a las urnas. Otros candidatos pretenden aumentar su votación movilizando a los abstencionistas, cuando carecen de una base importante de electores favorables y se prevé una votación muy baja; sin embargo, esta maniobra puede ser efectiva únicamente si se tiene la certeza de que los abstencionistas votarán a favor de ese candidato, de lo contrario, sólo conseguirá incrementar la votación a favor de sus oponentes.
En mi opinión, cualquiera de las anteriores son manifestaciones válidas de la voluntad ciudadana, de la misma naturaleza, y por lo tanto, desde ésta particular perspectiva, su valor y trascendencia son iguales a las del voto activo. Por ende, todas ellas en su aspecto positivo son coadyuvantes en el fortalecimiento de la democracia, siempre y cuando se utilicen oportunamente. No obstante, para saber reconocer el momento idóneo en que debe ser ejercitada una u otra opción deben confluir diversos factores, algunos de los cuales pasarán desapercibidos para el elector promedio, entre otras causas, por la falta de una verdadera cultura democrática.
Por otra parte, y considerando que son creaciones humanas, estas figuras poseen un carácter dicotómico (positivo/negativo), y en consecuencia, podemos observar otros fenómenos íntimamente relacionados con el libre ejercicio del sufragio, tales como la gobernabilidad o la representatividad. Y aunque me parece que está por demás mencionar que ambos conceptos atraviesan desde hace tiempo por una profunda crisis, sí vale la pena recordar que ésta ha sido motivada principalmente por la falta de credibilidad y la desconfianza ciudadana hacia nuestras instituciones y gobernantes como resultado de su actuación a lo largo de la historia.
Así pues, corresponde a cada uno de nosotros, desde nuestra propia realidad y de manera personalísima, decidir cuál será la mejor forma de afrontar tan alta responsabilidad cívica: ¿ser o no ser parte de la democracia?
Sugerencias y comentarios: j_arturo_vargas@hotmail.com

1 comentario:
Estimado Arturo, te veo muy activo camarada, a que te dedicas, eres abogado o estas en la politica, un abrazo querido amigo sigue adelante te veo muy estable carnal estamos en contacto
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