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miércoles, 29 de junio de 2011

El yugo del narcotráfico


“Antes, Patria, que inermes tus hijos
Bajo el yugo su cuello dobleguen,
Tus campiñas con sangre se rieguen,
Sobre sangre se estampe su pie.”

Himno Nacional Mexicano.


El Himno Nacional Mexicano se hizo oficial en 1943 por decreto del presidente Manuel Ávila Camacho. La letra del himno, que alude a las victorias mexicanas en el calor de la batalla y cuentan sobre la defensa de la Patria, fueron compuestas por el poeta Francisco González Bocanegra en 1853. En 1854, el español Jaime Nunó compuso la música (Dios y Libertad) que desde entonces acompaña al poema de González. El himno (que extraoficialmente se llamaba Mexicanos, al grito de guerra, el cual es también la primera línea del coro), constante de diez estrofas y un coro, entró en uso el 15 de septiembre de 1854. Desde 1854 hasta su adopción oficial en 1943, la letra ha sufrido severas modificaciones para estar acorde con los cambios políticos que se han dado en el país.

Hoy, a 157 años de su promulgación y a pesar de que muchas de sus estrofas originales han sido suprimidas, el Himno Nacional Mexicano es y ha sido considerado por muchos como uno de los más bellos del mundo. Entre los valores que transmite se encuentra el de la unidad nacional ante la amenaza inminente del enemigo común, de ese anónimo extraño enemigo a quien en todos conocemos con el sobrenombre de Masiosare con motivo de aquella estrofa del propio himno: Mas si osare un extraño enemigo, profanar con su planta tu suelo…

Empero, nuestro himno actualmente no sólo debe ser apreciado por su concepción estética sino también por su contenido, el cual se encuentra plenamente vigente. Hace algunos años recuerdo que se alzaron voces sugiriendo que el mismo se reescribiera, argumentando que los mexicanos ya no nos sentíamos identificados con él: su letra es demasiado bélica, no es un himno nacional sino uno de guerra, y los mexicanos no somos un pueblo que acostumbre pelear con nadie, decían algunos; lo escuchamos y carece de significado actualmente para nosotros, es obsoleto, decían otros. Lo cierto es que para que la guerra exista se necesitan cuando menos dos posiciones encontradas: uno que ataque y otro que defienda, y lo cierto es que todos los pueblos se pueden ver inmersos en la guerra en cualquier momento.

De esta forma, la guerra que ahora libramos los mexicanos en contra del narcotráfico es una más de nuestra historia. La brecha generacional que nos separa de los últimos conflictos armados en nuestro país nos hace olvidar parte de lo que hemos sido: un pueblo que ha pagado con mucha sangre su libertad, el derecho a autogobernarse y a recibir un trato justo e igualitario, así como a reclamar su lugar entre el resto de las naciones del orbe. De la misma forma, se nos olvida (o lo fingimos) que entre nosotros mismos nos hemos hecho la guerra muchas veces, que los daños colaterales no son algo nuevo y que las pérdidas humanas son el natural resultado del conflicto.

Ahora bien, yo no digo que la guerra sea buena ni deseable, estoy muy lejos de esa posición. Lo que digo es que una vez que se tiene a la guerra en casa uno debe asumir su papel. Exigimos al Estado que pare la guerra, pero no hacemos exigencias públicas en contra de los cárteles de la droga. Marchamos contra el gobierno y la presencia del ejército en nuestras calles pero no nos manifestamos abiertamente contra los narcotraficantes. Criticamos la estrategia aplicada por el gobierno federal pero nadie propone una estrategia paralela que involucre a la sociedad civil, no como grupo armado sino como un contrapeso a la violencia, en la cual los valores familiares sean la base, para que con amor y firmeza, unidos, enseñemos a nuestros hijos a alejarse de las drogas y de las personas involucradas en su producción, distribución y consumo. Sin consumidores las drogas no existirían, así de sencillo.

En este caso, el indeseable Masiosare vive, respira, duerme y transita entre nosotros, nos vigila como un si fuera un gran ojo, atenta contra nuestra seguridad y la de nuestros seres queridos, nos roba el sueño y nos obliga a resguardarnos y a estar alertas. Masiosare nos acecha, envenena y se roba a nuestros hijos, destruye nuestras familias, nuestras vidas y esperanzas de una existencia feliz, pacífica y de progreso. Por eso afirmo que esta guerra es de todos los mexicanos, que el extraño enemigo lo es de todos nosotros y que tiene rostro y nombre: se llama narcotráfico.

lunes, 3 de enero de 2011

La Verdad

Desde la antigüedad, la verdad nos había sido mostrada como un absoluto.

Sin embargo, en estos tiempos y bajo la influencia de ciertas corrientes, se insiste en que la verdad es sólo relativa. Un vaso de agua medio lleno o medio vacío, según se vea.

No obstante, los absolutos existen contraponiéndose unos a otros con radicales diferencias, siendo lo que media entre ellos únicamente un estado que no permite discernir con claridad lo verdadero de lo falso, de interdicción, de indeterminación, de incertidumbre, y por lo tanto de conflicto.

¿Quién puede decirse poseedor de la verdad en tal situación? Todos y ninguno, porque el conflicto es, precisamente eso, la manifestación de la falta de consenso sobre lo que es y lo que no es.

Y del conflicto surgirá, necesariamente, el orden. El orden que puede representar un equilibrio entre absolutos, o bien, un valor compuesto por porciones de aquellos absolutos contrapuestos.

En ese sentido, la verdad sigue siendo un absoluto, porque de otra forma se hablaría de una verdad consensual. Esa verdad que de suyo no lo es, porque la misma no puede ser producto del consenso. La verdad existe por sí misma, en forma independiente a nosotros.

La verdad y el ideal de la verdad son dos posiciones que suelen estar en conflicto. La verdad existe y se manifiesta en el mundo material, el ideal de la verdad es sólo una idea y surge en nuestro pensamiento como una posible y deseable realización de la verdad.

De tal forma, dado que la verdad es sólo una, eterna, inmóvil, cuyo valor radica en su propia existencia, ésta se presenta ante nosotros como algo inentendible, y por ende, humanamente irrealizable. Por lo tanto, en realidad aquello que generalmente aceptamos como verdad es únicamente la representación de diversas interpretaciones consensuales, efímeras, cambiantes y válidas por cuanto son aplicables a un momento o circunstancia determinados, y que rigen para un propósito establecido.

Estas interpretaciones impuras o inexactas de la verdad, son las que generan la creencia errónea de que la verdad es relativa, lo cual nos conduce necesariamente al conflicto ya mencionado.

Las falsas verdades pueden, como ya se dijo, surgir del consenso, aunque también pueden ser impuestas. La historia nos proporciona un sinnúmero de ejemplos en los que podemos constatarlo.